¿Por qué esperamos a escuchar que algo malo está a punto de suceder para preocuparnos y cuestionarnos si debemos actuar? Constantemente escuchamos hablar del cambio climático, de deshielos, de inundaciones. Y si todo esto está sucediendo, ¿realmente nos interesa? ¿O creemos que, como no nos afecta directamente, podemos posponer la acción y dejarlo como problema de la siguiente generación? Lo interesante aquí es que podemos ver a gobiernos y grandes empresas tomando acción, «luchando» contra la incertidumbre y contra el cambio climático. Desde algoritmos que predicen patrones meteorológicos para optimizar redes eléctricas renovables hasta abejas con colmenas robóticas «protectoras». Pero esto nos hace preguntar: ¿realmente esta lucha, estas nuevas tecnologías, realmente ayudan a combatir el cambio climático? ¿O solo están maquillando el problema con bonitos gráficos que ocultan la verdad? La respuesta va más allá del tecnicismo: no solo abarca ámbitos geopolíticos y económicos, sino que nos demuestra qué necesitamos realmente para nuestro futuro.
China gana independencia energética
Un caso concreto es el uso de inteligencia artificial para la predicción meteorológica en China. Durante mucho tiempo, el análisis y el pronóstico del tiempo estuvieron limitados por datos y modelos matemáticos complejos. No fue hasta que modelos entrenados con millones de datos climáticos, como FengWu y Lingxi, empezaron a predecir patrones meteorológicos con una gran precisión, sin depender de datos del extranjero, que, como resultado, China se posicionó como uno de los países con mayor optimización de recursos. Al anticipar en qué zonas del país hará más calor o más viento, el país intensifica y potencia el uso de energías renovables como la solar y la eólica en esas regiones. Esto reduce la dependencia de combustibles fósiles y permite que las redes eléctricas aprovechen y absorban esa energía de la mejor manera posible. ¿Es una solución real o simplemente geopolítica? En realidad, son ambas cosas: China reduce la dependencia hacia energías que dañan el medio ambiente, pero también es una estrategia del gobierno para controlar su propio clima y sus propios intereses. ¿La IA esconde poder?
Las abejas “sobreprotegidas»
Las abejas, probablemente el animal más importante de nuestro planeta, ya que mantienen un equilibrio vital en el ecosistema, han sido reconocidas por Beewise, que supo destacar su importancia. Por ello, crearon BeeHome, aparentemente una simple caja con una colmena tradicional, pero equipada por dentro con un sistema inteligente, sensores de temperatura y humedad, cámaras de visión y brazos robóticos capaces de alimentar, medicar y ajustar todos los parámetros para ofrecer el mejor entorno posible para las abejas. Esto es BeeHome, una “simple” caja con inteligencia artificial que actúa automáticamente al detectar que una colonia está en peligro o muriendo. Representa un gran avance para la polinización global y los ecosistemas terrestres; esto nace de la preocupación por colonias enteras que mueren día a día por plagas, pesticidas, el cambio climático y más. Pero, ¿es esto realmente una solución? Estamos ante un paso importante hacia la preservación de nuestra biodiversidad y nuestro futuro, impulsado por algoritmos que podrían redefinir nuestra relación con la naturaleza.
Las consecuencias de entrenar un modelo de IA para «salvar» el clima
Hay una verdad que muchos sabemos, pero que pocos enfrentamos realmente. Mientras empresas como Google, Microsoft, OpenAI y otras grandes tecnológicas muestran al mundo sus soluciones de inteligencia artificial para monitorizar emisiones, optimizar energía y predecir desastres climáticos, casi nadie parece notar el enorme consumo energético que implica entrenar estas mismas soluciones. Según la Agencia de Protección Ambiental (EPA), ChatGPT, la IA más conocida actualmente, emitió aproximadamente unas 588 toneladas de CO2 solo para el entrenamiento de su modelo GPT-3. Si hablamos de Fengwu, el modelo de IA utilizado en China, ¿cuánto CO2 ha emitido hasta hoy solo durante su fase de entrenamiento? Tal vez ayuda al país, pero ¿a qué costo? Otro caso es el de Google. Ellos anuncian que sus centros de datos son “carbon neutral”, pero neutral no significa cero emisiones. Estamos utilizando grandes tecnologías que, si bien pueden contribuir al medio ambiente, también generan un impacto considerable. En otras palabras, estamos entrenando modelos para mitigar el calentamiento global, pero esos mismos modelos contribuyen al sobrecalentamiento del planeta. ¿Somos realmente conscientes del número de modelos que se entrenan cada día? Ninguna empresa que desarrolla o utiliza estas tecnologías parece capaz o dispuesta a mostrar las cifras reales. Es cómodo ignorar esos datos y disfrazar la ayuda con maquillaje superficial. Entonces, ¿se trata de una verdadera lucha contra el cambio climático o solo de una estrategia para justificar que “se está ayudando al planeta”?
¿Ayuda o vigilancia? Límites en la sociedad
Si hablamos de riesgos, el gobierno de Singapur es el mejor de los casos, ya que utiliza sensores nodes, una IA capaz de monitorizar en tiempo real la calidad del aire, la congestión del tráfico y el consumo energético de la ciudad. La plataforma es sencilla: usa datos de miles de sensores distribuidos por toda la ciudad para alimentar su modelo de IA. Hasta ahí bien, reduce emisiones gracias al algoritmo y mejora la eficiencia. Pero en la práctica no todo es tan color de rosa. La realidad es que esos mismos datos se integran directamente con los sistemas de vigilancia urbana de Singapur, conocido por ser uno de los regímenes de control más estrictos del mundo. Los datos de «calidad del aire en la calle X» están vinculados a datos de cámaras de vigilancia en esa misma calle, historial de movimientos de ciudadanos y patrones de comportamiento. El gobierno lo llama «optimización urbana». Pero lo que realmente permite es rastrear no solo emisiones, sino adónde van las personas, con quién se reúnen y qué rutas evitan. Huawei ha participado en la construcción de esta infraestructura en Singapur y en otras «smart cities» de Asia y África. La empresa publicita que su IA de «monitoreo ambiental» ayuda a las ciudades a ser «más verdes». Pero esos mismos sistemas de sensores e IA que vende se usan para vigilancia política y control social. La IA climática es real, funciona y reduce emisiones mensurables. Sin embargo, su infraestructura es idéntica a la de vigilancia: no es que «pueda convertirse» en ella; desde el día uno, fue diseñada para ambas cosas. Singapur no lo oculta; simplemente no lo enfatiza en el marketing.
Los matices de la IA
La verdad es que no hay una respuesta clara. La IA es una herramienta neutral: puede ayudar, salvar u optimizar recursos, pero también perjudicar al consumir más energía de la que ahorra y convertirse en nuestra próxima problemática sin que nos demos cuenta. ¿Salvadora o solo un maquillaje del problema? No tiene una única respuesta; depende de los casos de uso, empresas y gobiernos que la implementan.
Unos la llaman revolución e innovación; para otros, es una evasión profesional de lo esencial. Lo importante es comprender su neutralidad: todo acto tiene consecuencias. El cambio climático es real, la IA es real, pero la solución no es solo tecnología; es avanzar con responsabilidad. Sin auditoría, es manipulación. Sin participación pública, es control. La pregunta clave es: ¿qué tipo de IA vamos a construir?
Autor: David Lancheros Ipus





