La primera generación que nace conectada
Hace apenas unos años, la mayoría de las personas comenzaban a construir su identidad digital en la adolescencia o incluso en la adultez. Hoy, en cambio, muchos niños tienen presencia en internet incluso antes de nacer. Fotografías de ecografías compartidas en redes sociales, vídeos familiares publicados en plataformas digitales o perfiles creados por sus propios padres forman parte de una nueva realidad: la construcción de una huella digital desde la infancia.
La huella digital es el conjunto de datos, imágenes, comentarios e información que dejamos en internet de manera consciente o inconsciente. Cada publicación, búsqueda, fotografía o interacción online genera un rastro que puede permanecer durante años. El problema es que, en el caso de los niños pequeños, gran parte de esa información es compartida por adultos antes de que los niños puedan decidir por sí mismos qué quieren mostrar al mundo.
Este fenómeno ha abierto un debate cada vez más importante dentro de la ciberseguridad y la privacidad digital. ¿Qué consecuencias tendrá crecer con una identidad digital creada desde la infancia? ¿Quién controla esos datos? ¿Y qué riesgos existen cuando empresas tecnológicas, plataformas educativas y redes sociales almacenan información de menores durante años?
Sharenting: cuando la infancia se convierte en contenido
Para empezar, uno de los conceptos más relevantes en este debate es el sharenting, una combinación de las palabras inglesas share (compartir) y parenting (crianza). El término hace referencia a la práctica de padres y familiares que publican constantemente fotografías, vídeos e información sobre sus hijos en internet.
Aunque muchas veces estas publicaciones tienen una intención inocente (compartir momentos familiares, celebrar logros o mantener contacto con amigos y familiares, etc), también generan enormes cantidades de información personal accesible para empresas y, en algunos casos, para desconocidos.
Un niño puede aparecer en cientos de fotos antes de cumplir cinco años. Algunas de esas imágenes incluyen datos sensibles: nombre completo, colegio, ubicación, rutinas diarias o incluso información médica. Lo preocupante es que esos contenidos pueden permanecer online indefinidamente, incluso después de haber sido eliminados.
Las redes sociales recopilan metadatos de cada publicación: fecha, localización, dispositivos utilizados y patrones de comportamiento. En otras palabras: no solo se comparte una fotografía, también se entrega información valiosa que puede ser utilizada para fines comerciales, algoritmos publicitarios o análisis de comportamiento.
Además, muchos menores no tienen capacidad para consentir esa exposición pública. Cuando crezcan, podrían descubrir que gran parte de su vida ya estaba documentada en internet sin haber participado en la decisión.
Las grandes empresas y el valor de los datos infantiles
En la economía digital actual, los datos personales se han convertido en uno de los activos más valiosos del mundo. Las grandes empresas tecnológicas recopilan información constantemente para desarrollar perfiles de usuarios, personalizar publicidad y mejorar algoritmos.
En el caso de los menores, aunque sea preocupante, el interés empresarial existe. Cuanto antes una plataforma consigue datos de una persona, más fácil resulta analizar sus hábitos, gustos y comportamientos futuros.
Aplicaciones móviles, videojuegos, plataformas educativas y redes sociales recopilan información como:
- Tiempo de uso.
- Ubicación.
- Preferencias de contenido.
- Interacciones sociales.
- Historial de navegación.
- Datos biométricos.
- Voz e imágenes.
Muchas aplicaciones dirigidas a niños solicitan permisos excesivos para acceder al micrófono, la cámara o la geolocalización. Aunque parte de esta información se utiliza para mejorar el funcionamiento de las plataformas, otra parte se emplea para crear modelos de comportamiento extremadamente precisos.
La preocupación aumenta cuando estos datos se almacenan durante años o se comparten con terceros. Un perfil digital construido desde la infancia podría acompañar a una persona durante toda su vida.
Plataformas educativas: aprendizaje y vigilancia digital
La pandemia aceleró la digitalización de la educación y convirtió las plataformas virtuales en herramientas esenciales para millones de estudiantes. Sin embargo, este cambio también incrementó la recopilación masiva de datos de menores.
Muchas plataformas educativas registran:
- Horarios de conexión.
- Actividades realizadas.
- Resultados académicos.
- Tiempo de atención.
- Participación en clase.
- Interacciones con profesores y compañeros.
Estos sistemas generan enormes bases de datos sobre comportamiento infantil y rendimiento escolar. Aunque la tecnología educativa ofrece ventajas importantes, también plantea dudas sobre privacidad y seguridad.
¿Quién tiene acceso a esa información? ¿Durante cuánto tiempo se almacena? ¿Podría utilizarse en el futuro para evaluar oportunidades académicas o laborales?
Expertos en ciberseguridad advierten que los menores son especialmente vulnerables porque no comprenden completamente cómo funcionan estas plataformas ni las consecuencias de compartir datos personales.
Además, las instituciones educativas suelen ser objetivos atractivos para los ciberdelincuentes. En los últimos años se han producido ataques a colegios y universidades.
Riesgos futuros de una identidad digital temprana
Uno de los mayores problemas de la huella digital infantil es que sus consecuencias reales pueden aparecer muchos años después.
Una fotografía aparentemente inocente publicada durante la niñez podría afectar la reputación personal o profesional en la adultez. Empresas, universidades y organizaciones revisan cada vez más la presencia online de las personas antes de tomar decisiones importantes.
La información compartida en internet también puede ser utilizada para:
- Robo de identidad.
- Suplantación de perfiles.
- Estafas digitales.
- Ciberacoso.
- Ingeniería social.
- Extorsión.
La ingeniería social es especialmente peligrosa porque utiliza información personal para manipular o engañar a las víctimas. Cuantos más datos existan sobre una persona, más fácil resulta diseñar ataques convincentes.
Por ejemplo, un ciberdelincuente podría utilizar información pública sobre el colegio, amigos o actividades de un menor para realizar ataques de phishing personalizados.
El problema del consentimiento digital
Uno de los aspectos más complejos de este tema es el consentimiento. Los niños pequeños no comprenden completamente qué implica tener presencia online ni cómo se utilizan sus
datos.
Sin embargo, muchas plataformas permiten la recopilación de información mediante políticas de privacidad extensas y difíciles de entender incluso para adultos.
Los padres, por su parte, suelen aceptar términos y condiciones sin leer completamente cómo serán utilizados los datos de sus hijos. Esto genera una situación paradójica: la identidad digital de un niño puede ser explotada comercialmente antes de que tenga edad suficiente para comprender internet.
Algunos expertos consideran que la sociedad todavía no ha desarrollado normas claras sobre privacidad infantil en el entorno digital. Aunque existen regulaciones como el Reglamento General de Protección de Datos (RGPD) en Europa, la velocidad del desarrollo tecnológico supera con frecuencia la capacidad de adaptación legal.
Redes sociales y presión por compartir
Las redes sociales han transformado la forma en que las personas construyen su identidad. Publicar contenido se ha convertido en una práctica cotidiana y, en muchos casos, socialmente incentivada.
Muchos padres sienten presión por compartir momentos familiares:
- Cumpleaños.
- Primer día de colegio.
- Vacaciones.
- Actividades deportivas.
- Logros académicos.
El problema aparece cuando la vida privada de los menores se convierte en contenido permanente para internet. En algunos casos extremos, incluso existen familias que monetizan la exposición de sus hijos mediante vídeos en, por ejemplo, YouTube, o perfiles con millones de seguidores.
Esto ha generado debates éticos sobre los límites entre la vida familiar y la explotación de la imagen infantil en plataformas digitales.
Además, una vez que una foto o vídeo se publica online, el control sobre ese contenido disminuye enormemente. Las imágenes pueden descargarse, compartirse, copiarse o almacenarse en servidores externos sin conocimiento de la familia.
Educación digital: una necesidad urgente
Ante todo lo explicado y la situación actual, la educación digital debe comenzar desde edades tempranas.
No se trata únicamente de enseñar a utilizar dispositivos tecnológicos, sino de comprender:
- Qué es la privacidad.
- Cómo funcionan los datos personales.
- Qué riesgos existen en internet.
- Cómo proteger cuentas y perfiles.
- Qué información no debería compartirse públicamente.
Esto también debe incluir a los adultos. Muchos padres desconocen el alcance real de las publicaciones que realizan sobre sus hijos, siendo muchas veces el principal problema de que la información de sus hijos quede expuesta en internet.
Configurar correctamente la privacidad de las redes sociales, limitar la información visible públicamente y evitar compartir datos sensibles son medidas básicas que pueden reducir significativamente los riesgos.
¿Es posible borrar la huella digital?
Una de las grandes características de internet es su capacidad para almacenar información durante largos periodos de tiempo. Aunque algunos contenidos pueden eliminarse, no siempre desaparecen completamente.
Copias de seguridad, archivos digitales y capturas de pantalla hacen que la eliminación total sea extremadamente difícil.
Por ello, muchos especialistas recomiendan aplicar el principio de pensar antes de publicar. Cada fotografía o dato compartido sobre un menor debería evaluarse considerando si podría afectarle en el futuro.
La pregunta ya no es solamente qué compartimos, sino cuánto control conservamos sobre esa información una vez entra en el ecosistema digital.
El desafío de proteger la infancia en la era digital
La tecnología ofrece enormes beneficios educativos, sociales y culturales para los niños pequeños. El problema no es internet en sí, sino el uso irresponsable de los datos personales y la falta de conciencia sobre sus consecuencias.
La primera generación que crece completamente conectada enfrenta un desafío único: construir su identidad en un entorno donde cada acción puede quedar registrada permanentemente.
La huella digital infantil no es solo un asunto de privacidad, también es una cuestión de seguridad, derechos y futuro. Las decisiones tomadas hoy por padres, empresas y gobiernos influirán directamente en cómo millones de niños vivirán su relación con internet en los próximos años.
En una sociedad cada vez más digitalizada, proteger la información de los menores se ha convertido en una responsabilidad colectiva. Porque, detrás de cada dato almacenado, existe una persona que todavía no ha tenido la oportunidad de decidir cómo quiere ser vista por el mundo.
Autora: Sandra Gutiérrez






